Se sigue dando vueltas al futuro del silo portuario de Santa Cruz de Tenerife. La instalación, abandonada desde hace años, está siendo el ‘objetivo’ de un proyecto de derribo que no tiene razón de ser. Mientras en diferentes puertos se les sigue usando, se les ha reconvertido y son un ejemplo de puerto-ciudad, en Tenerife, sólo se habla de echarlo abajo, sin un razonamiento o por un plan de futuro portuario…
Durante décadas, los silos de grano y harina fueron la columna vertebral silenciosa de los puertos españoles. Eran edificios concebidos para almacenar, proteger y distribuir materias primas esenciales, y su presencia vertical se convirtió en una seña de identidad de ciudades como La Coruña, Valencia, Las Palmas. Hoy, cuando la logística ha cambiado y muchos de ellos han quedado sin uso, surge una pregunta inevitable: ¿qué hacemos con estos gigantes de hormigón que aún dominan el horizonte portuario?
La respuesta no ha sido sencilla de encontrar, pero sí reveladora. En numerosos puertos españoles, la tendencia ha sido clara: conservar, rehabilitar y reinventar. En Las Palmas, por ejemplo, los antiguos silos han encontrado nuevos usos vinculados a la actividad portuaria y a la economía azul. En La Coruña, se han planteado proyectos culturales y de innovación. En Barcelona, la integración del patrimonio industrial en la vida urbana es una política consolidada desde hace años. En todos estos casos, la premisa es la misma: antes de destruir, pensar.
Sin embargo, en Tenerife el debate ha tomado un rumbo distinto. La Autoridad Portuaria ha planteado la posibilidad de demoler el silo de Santa Cruz, un edificio histórico que, aunque hoy no cumple su función original, forma parte del paisaje emocional y material de la ciudad. La propuesta ha generado inquietud entre arquitectos, historiadores, colectivos ciudadanos y especialistas en patrimonio industrial, que recuerdan que no existe un motivo técnico que obligue a su derribo. No hay informes que indiquen un riesgo estructural grave ni una incompatibilidad insalvable con el desarrollo portuario. Lo que existe, más bien, es una visión que considera el silo como un estorbo, no como un recurso.
Pero los silos, como tantas infraestructuras industriales del siglo XX, tienen una virtud que hoy resulta especialmente valiosa: son edificios sólidos, versátiles y capaces de transformarse. En otros países se han convertido en museos marítimos, bibliotecas, centros de coworking, espacios culturales, miradores o laboratorios de innovación. Su arquitectura, lejos de ser un lastre, se ha convertido en un atractivo. Allí donde antes se almacenaba grano, ahora se almacenan ideas.
La cuestión, por tanto, no es si el silo de Santa Cruz puede tener un futuro, sino si estamos dispuestos a imaginarlo. La ciudad ha demostrado en otras ocasiones que sabe reinventar su patrimonio: el MUNA, TEA o el propio Auditorio son ejemplos de cómo la arquitectura puede dialogar con la identidad local. ¿Por qué no permitir que el silo forme parte de esa conversación?
Además, su demolición supondría una pérdida irreversible. No solo desaparecería un edificio singular, sino también un fragmento de la memoria portuaria de Tenerife. En un momento en el que Europa apuesta por la conservación del patrimonio industrial como motor cultural y económico, destruir un silo sin una razón de peso sería caminar en sentido contrario.
Por eso, la alegación es clara: antes de derribar, estudiar; antes de destruir, proponer; antes de borrar, comprender. El silo de Santa Cruz no es un obstáculo para el desarrollo del puerto, sino una oportunidad para integrarlo en un proyecto más amplio, más creativo y más respetuoso con la historia de la ciudad.
Los silos portuarios nacieron para garantizar el abastecimiento de un país. Hoy, cuando ya no almacenan grano, pueden almacenar algo igual de valioso: futuro. Depende de nosotros decidir si lo aprovechamos o lo convertimos en escombros.
El silo de Santa Cruz no es un problema. Es una oportunidad.

RadioMuelle/ EGcom.-
















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